• Disculpe si no me levanto, columna semanal.

  • Nanorelatos para el día a día

  • Acerca del autor

  • Tengo que reconocer, aunque me cueste e intente disimularlo parafraseando a autores de renombre, que no entiendo de economía –al igual, me temo, que les ocurre a los expertos que nos guían, cual lazarillos, por la senda de la austeridad suicida-.

  • Elevar la ratio de alumnos por clase, como se pretende, más que una medida de ahorro es un atentado flagrante contra la calidad del sistema educativo público.

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miércoles, 9 de mayo de 2012

El abrefácil.

Seguramente, el tío que inventó el abrefácil estará forrado. Vivirá en Miami, como el resto de forrados, en una urbanización de lujo en la que cantantes forrados, actores forrados y demás colectivos tan forrados como imprescindibles para la supervivencia de la especie humana serán sus vecinos. 



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Se levantará tarde (los forrados no tienen por qué madrugar) y ocupará el tedioso tiempo que transcurre desde el desayuno hasta el almuerzo jugando al golf con sus amigos forrados, mientras charlan de la conveniencia o no de usar el palo 7 en el green, de lo que molesta el viento lateral en un swing o de la última reunión del club Bilderberg.

Después de comer, intercalará un sorbete de limón al cava entre plato y plato para no mezclar sabores, pequeño capricho de forrado que solo nos podemos permitir el común de los mortales en las bodas, y comentará durante la hora del té la jugosa jubilación que a Rodrigo, con quien ha quedado para cenar, le quedará después de dimitir de su banco.

Sin embargo, y a pesar de este aparente y más que contrastable éxito vital, creo que es hora ya de decirle que su invento es una mierda: ni abre ni, mucho menos, lo hace fácilmente.

La casuística me dice que la mayoría de las veces que me he enfrentado a este invento del averno, el envase en cuestión o no se ha abierto, o se ha roto, o me he cortado o, lo que es peor, las tres cosas simultáneamente. El resultado final es bastante metafórico para los tiempos que corren: siempre termino usando la tijera.

Sin embargo, cada cierto tiempo, alguien planta cara al abrefácil, como aquella vez que a un iluminado le dio por inventar el tapón. Pero el anterior sistema estaba ya tan arraigado, que solo pudo implementar su método aperturista en determinados tipos de envases. No obstante, la expectación que despertó fue tan grande que, antes incluso de comprobar la utilidad de su artilugio, la Academia del Nobel le concedió uno de sus galardones.

Desde hace unos meses, cuentan que un nuevo profeta, gabacho esta vez, anda predicando por ahí un nuevo antiabrefácil. El grado de catársis colectiva ha sido tal que las masas lo han aupado hasta la Presidencia del país. La escarmentada Academia sueca se hace la idem de momento. Seguiremos informando.

sábado, 28 de abril de 2012

La emboscada

Justo cuando ya se veía la luz al final del túnel, justo cuando 33.154 opositores respiraban aliviados porque se acercaban al punto de no retorno, a ese día que ponía fin a varios meses de incertidumbre y cambios de temario en el cual las oposiciones ya no podrían ser recurridas, el Gobierno les tiende una emboscada y las impugna ante el Tribunal Constitucional. El último día, a última hora. Qué poca clase. 

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Esta jugarreta solo se entiende desde el punto de vista de alguien que no ha pasado por ese trámite, porque el ascenso político se mide en función de la cantidad de saliva propia que habita en las nalgas ajenas. Si cualquier cargo público tuviera que pasar, previamente, por el filtro de una prueba selectiva tipo oposición que determinase su idoneidad para el puesto, otro gallo nos cantaría. 

La Administración, probablemente, sería mucho más reducida, y todos aquellos que falsifican su curriculum para engalanarse con carreras que no han cursado y aquellos otros que no tienen más mérito que el haber escogido "A" en lugar de "B" en unas primarias internas del partido, estarían donde les corresponde: buscándose la vida junto al común de los mortales, con el sudor de su frente.

¿Son capaces ustedes de nombrarme a un solo presidente de nuestra democracia que, durante el ejercicio de su cargo, hablara inglés fluido? ¿O, simplemente, estaban "trabajando en ello"? 

Ahí tienen, si no, a Ana Mato, trabándose leyendo, cual escolapio nervioso delante de su clase, en una rueda de prensa en la que anunciaba que poco más que nos va a dejar en calzoncillos, y cumpliendo con la ardua tarea de hacer de Leire Pajín una intelectual a su lado. Es lo que tiene hablar de cosas de las que no se tiene ni idea.

Pero no se engañen, tan culpables son los unos como los otros. Vean si no al consejero andaluz de Educación, ilustre diplomado en Magisterio, compareciendo ante los medios con carita de niño bueno y posicionándose moralmente al lado de los opositores, verdaderos perjudicados en esta guerra de guerrillas entre partidos políticos, cuando sabía, perfectamente, que íbamos a acabar de esta guisa (del mismo modo que el Gobierno conocía desde diciembre que YPF iba a ser nacionalizada).

Pero claro, tengan en cuenta que, para nuestros dirigentes, convertidos en esfinges edípicas, los ciudadanos de a pie pasamos por tres estados: durante la Legislatura somos meras cifras (33.154 opositores, 5.000.000 de parados, 12 mujeres muertas por violencia de género); durante la campaña electoral somos fotografías (hasta se está poniendo de moda sustituir la sonriente imagen del candidato repeinado por instantáneas espontáneas de encuentros y charlas con ciudadanos); y, finalmente, en las elecciones somos votos. Tristes votos de papel que, sobres incluidos, terminan en la basura.

¿Y ahora qué? Ahora nada. Ahora, a lamentarse por el dinero gastado en la academia para preparar las oposiciones. Ahora, a dolerse por la cantidad de horas perdidas sentado delante de los temas. Ahora toca salir a la calle o quedarte en tu casa maldiciendo. Aunque yo, por más que salgo, las calles las veo vacías.

jueves, 19 de abril de 2012

Cuarenta alumnos

José Luis Barrera forma parte del grupo de Diversificación Curricular. Sabe que no puede repetir y no hace, salvo molestar, absolutamente nada. No estudia, no trae las tareas y se permite el lujo de pasarse las horas hablando. Acumula muchos partes de incidencias y ha sido expulsado varias veces del instituto.

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Sarai Alvarado suple su falta de aptitudes para el estudio con una muy buena predisposición al trabajo diario, hecho que valoran sus profesores por encima de las notas de sus exámenes porque, de no ser así, no aprobaría prácticamente ninguna asignatura.

Miriam García practica regularmente voleibol en un equipo con niñas de su edad. Los entrenamientos le quitan mucho tiempo de estudio y sus notas se están resintiendo; aunque aprueba, lo hace con notas muy bajas, y no es raro que vaya a clase con la tarea sin hacer.

María Aguirre es una alumna excelente. Nunca ha obtenido una nota inferior a Notable y se espera de ella un brillante futuro académico.

Luis Alba tiene 15 años. Sus padres se separaron hace poco y alterna dos semanas con su madre y otras tantas con su padre. Cuando está con su padre se descuida mucho, ya que este no se preocupa lo más mínimo por sus resultados académicos, y su rendimiento ha bajado notablemente este año.

José Antonio Martínez tiene un problema fundamental: no quiere entender las cosas, no presta atención a nada y lo hace todo mal. Su madre dice que es para llamar la atención porque, al parecer, tiene una hermana excelente y se siente desplazado en casa. Sea como fuere, su actitud en clase y su rendimiento son inaceptables.

Elvira Rodríguez es también una alumna brillante. Sus padres son médicos y acuden frecuentemente al instituto para interesarse por la progresión de su hija. Quiere estudiar Medicina y, si el sistema educativo no lo impide, tiene capacidad de sobra para lograrlo.

María José López invierte muchas horas en el estudio, aunque los resultados académicos no son los que ella desearía. Obtiene bastante ayuda de su hermana mayor, ya en la carrera universitaria

Alfredo Suárez también acude diariamente a entrenar: practica atletismo. Desde el instituto se le ha insistido a los padres, que únicamente acuden al centro para recoger unas notas en las que figuran varios suspensos, de la necesidad de compaginar los estudios y los entrenamientos, porque Alfredo ni trae hechos los deberes ni aprueba los exámenes. Pero los padres hacen caso omiso.

Jesús Alguacil ha mejorado significativamente desde principios de curso. Su nivel no es acorde con los estudios que está cursando pero, a fuerza de empeño y voluntad, está consiguiendo avanzar, a su ritmo.

Jalil Abdel llegó a España procedente de Marruecos hace tres años. Sus padres son temporeros y, durante el curso, vive con unos familiares asentados de manera estable en una misma residencia durante todo el año. Tiene muchos problemas en clase derivados de su falta de estudio y el cambio de idioma. Tiene una letra horrible, en parte por estar acostumbrado a escribir árabe, y su ortografía es un completo caos.

José Ramón Martínez es un alumno de apoyo. Tiene un horario alternativo en el que acude con una profesora específica para trabajar de manera individual. Su nivel es de tercero de Primaria y, cuando está con el resto de la clase, trabaja con su libro específico.

Sebastián Vargas es gitano y forma un grupo bastante sólido con alumnos de su misma etnia. Son prácticamente absentistas. No sabe leer y apenas logra escribir su nombre. Acude, los días que va, sin mochila a clase y, como es obvio, se entretiene durante las horas molestando.

A Joaquín Benjumea no le gusta trabajar. Nunca trae las tareas hechas a clase y, a pesar de sus malos resultados académicos, los padres solo aparecen por el instituto para recoger las notas. Es repetidor y sabe que, independientemente del número de asignaturas que suspenda, pasará de curso en virtud de la actual ley educativa. Otra cosa no, pero molestar en clase se le da genial.

La madre de Oscar Barrera se quedó embarazada con 16 años. Ha sido criado por su abuela en el más absoluto consentimiento; se levanta cuando quiere, habla en voz alta, lanza objetos a los compañeros. Ni que decir tiene que ha sido expulsado varias veces del centro, todas ellas, por supuesto, excusadas por su abuela, para quien su nieto está libre de toda mácula. Pasará de curso por imperativo legal.

José Manuel Barrera nunca acude a clase sin traer la tarea del día hecha y la lección aprendida. Es muy cómodo trabajar con él, le gusta aprender y demuestra un ansia constante de conocimiento.

Shanim Niewa es también hijo de temporeros. Ha llegado con el curso empezado y no se sabe si, cuando acabe la campaña agrícola, continuará en el instituto. No habla español, aunque parece que lo entiende. Acude a clase sin bolígrafo, hay que prestárselo y, de mala gana, completa unas fichas adaptadas para hablantes de árabe.

Teresa Montero falta mucho a clase y no puede seguir el ritmo del curso. Está en el programa de Diversificación y, como sabe que no puede repetir, se escuda detrás de su absentismo para no entregar las tareas ni estudiar para los exámenes.

Antonio Calderón es el inseparable de Sebastián Vargas. Comparten características y mal comportamiento. El día que acuden los dos al centro, se nota.

A Adrián Márquez le encanta leer: es un auténtico devorador de libros para su edad. Tiene una imaginación desbordante y un correctísimo estilo de escritura, sorprendente para la edad que tiene.

Juan Carlos del Río también acude a las clases de apoyo. Con un nivel de cuarto de Primaria, fuera del horario de apoyo trabaja su libro específico en las clases que comparte con el resto de los compañeros. Últimamente está entablando amistad con los alumnos más conflictivos del centro y su comportamiento en clase está empeorando a pasos agigantados.

Álvaro Pineda es muy introvertido. Le entusiasma el mundo de la informática, hasta el punto que dedica las tardes únicamente a jugar con el ordenador. Sus padres lo saben, así como que no trae los deberes hechos ni estudia para los exámenes, pero como va a pasar de curso por imperativo legal, se lo permiten sin mayores problemas.

Victoria Palomares trabaja constantemente en clase, aunque las notas de sus exámenes son muy irregulares. Sus padres se preocupan mucho por ella y acuden mucho al instituto a interesarse por su evolución. El trabajo diario es el que la salva.

Gina Pastor es prácticamente absentista. Sus padres están separados y, al parecer, reside alternativamente en casa de uno y de otro. Los Servicios Sociales han tomado cartas en el asunto por sus faltas injustificadas al centro, pero su ámbito de actuación es muy limitado. Sin unos mínimos conocimientos que avalen a esta repetidora e integrante del programa de Diversificación, pasará de curso el año que viene, como tantos otros, por imperativo legal y sin la más mínima base de conocimientos.

Daniel Pardo es otro alumno problemático. Su última expulsión del centro fue por fumar marihuana en los baños del instituto. Su comportamiento en clase es deplorable. Promocionará automáticamente de curso.

María del Carmen Cortés también es de etnia gitana. Es una alumna excelente, dentro de su nivel académico, que es bastante bajo debido a su tardía escolarización. Está aprendiendo a leer y ya sabe escribir y hacer una lista de la compra.

Marina Lamar, en cualquier otra clase, sería la mejor, pero la presencia de María Aguirre y Elvira Rodríguez la eclipsa y pasa a situarse en un segundo plano, a pesar de ser una alumna magnífica.

Carlos Antón tiene diagnosticados problemas de déficit de atención. Le cuesta mucho concentrarse y su nivel académico está varios cursos por debajo de este tercero de ESO al que pertenece. El profesorado le ha adaptado el nivel para que pueda trabajar algo en el aula y se dedica a elaborar fichas de Educación Primaria y primer ciclo de la ESO.

Fernando Fuentes tiene un bajo coeficiente intelectual. Intenta integrarse en el grupo a través del chiste soez, de la impertinencia en clase y, por consiguiente, se pasa más tiempo expulsado que dentro del aula.

María del Mar Espino muestra una gran voluntad de aprendizaje, pero su capacidad es limitada. Le cuesta todo mucho más que al resto y, a veces, se nota que se avergüenza por preguntar varias veces lo mismo y, en consecuencia, deja muchas cosas a medio entender.

Eduardo Ramírez no quiere estudiar. Ha repetido dos veces y no encuentra la manera de convencer a sus padres para que lo saquen del instituto y lo pongan a trabajar en el bar familiar que poseen. Naturalmente, no hace nada en clase, salvo molestar, en un intento, quizás, de que, mediante la acumulación de expulsiones, los padres cedan a la evidencia y no termine el curso.

Javier Rodríguez tiene diagnosticados problemas de atención y su nivel académico se sitúa un par de años por debajo del curso actual. Los profesores valoran su esfuerzo y tiene el contenido adaptado, pero no entiende los conceptos que se explican y trabaja con excesiva lentitud.

Patricia Hidalgo es muy despistada. Por más que se le recomienda que se compre un cuaderno, sólo usa en clase hojas de cuadros taladradas que pierde constantemente, con las dificultades para su aprendizaje que ello conlleva.

Daniel Jaramillo también tiene diagnosticados problemas de atención pero, a diferencia de Javier Rodríguez, ni trabaja ni lo intenta. Como no sigue el nivel de la clase, se aburre y se pone a hablar, a pintar en la mesa o a molestar.

La madre de Marta García se suicidó hace unos años. Este hecho marcó traumáticamente a la joven y prácticamente no habla desde entonces. No se le puede preguntar en clase: no responde. No interactúa con el mundo.

Los padres de Rosario Martínez están desesperados con su hija: se escapa de casa, llega borracha a casa a altas horas de la noche y ha tenido algún que otro altercado violento. En clase únicamente se limita a demostrar su enfado con el mundo y a reproducir el comportamiento que tiene en casa. Un regalo.

Cristian Ramos dedica la mayor parte del tiempo a dormir en clase, sobre todo las dos primeras horas. El resto de la jornada lectiva es difícil diferenciarlo de una mesa.

Javier García tiene muchos problemas de aprendizaje: no presta la suficiente atención, está siempre distraído y habla muchísimo en clase. Sus padres le han puesto un profesor particular con el que, poco a poco, va avanzando, aunque aún está lejos del nivel que le correspondería por la edad.

Adrián Jiménez ha tenido muchos problemas médicos desde su infancia, pero gracias a la voluntad de sus padres ha conseguido mantener el nivel académico a pesar de no haber asistido a clase con la regularidad deseada.

Francisco José Flores es un delincuente juvenil. Pertenece también al grupo de Diversificación y ha sido expulsado del instituto en varias ocasiones por agredir a otros alumnos y robar. Es muy agresivo con sus compañeros y con los docentes. Pasará de curso sin remedio a no ser que cambien la legislación educativa vigente.

* * * * *

¿Qué? ¿Son muchos, verdad? Esto es una clase con cuarenta alumnos, es decir, el futuro que nos espera. Y está basado en hechos reales aunque, eso sí, los nombres y las situaciones no aluden a nadie en particular. Elevar la ratio de alumnos por clase, como se pretende, más que una medida de ahorro es un atentado flagrante contra la calidad del sistema educativo público. ¿Se entiende mejor así?

lunes, 27 de febrero de 2012

Asnos estúpidos

Una profunda impotencia lo invadía mientras recogía los últimos papeles del estante que le adjudicaron a su llegada al laboratorio. Por paradójico que parezca, los folios de la exhaustiva investigación biomédica desarrollada durante todos estos años cabían en un par de cajas de paquetes de folios vacías.



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Lo despedían porque no había dinero para su investigación, ni le dieron más datos ni lo miraron a los ojos al decírselo; y ni todo el apoyo que le ofrecieron sus compañeros, también despedidos, pudo consolarlo. La fuerte patada que le propinó a la puerta de salida para abrirla canalizó toda la rabia contenida hasta ese momento. Después, sin volver la vista atrás, como Ulises al partir de Ítaca, se fue.

Durante la vuelta en metro su mente no dejó de planificarle el futuro como lo hacen los padres que quieren ver superadas las frustraciones de su infancia en sus hijos, y una única cosa le quedó clara: en España no podía quedarse.

Al llegar a casa, le costó trabajo meter la llave en la cerradura: el peso del material que traía del laboratorio se dejaba sentir demasiado en sus brazos y, para abrir el cerrojo superior, tuvo que dejar las cajas en el suelo. Cerró la puerta tras de sí ayudado por la pierna, dejó caer las cosas en el vestíbulo, junto al paragüero, y se tiró en el sofá.

La primera cara con la que se topó al encender la televisión fue la de un fulano, hijo de una folclórica (o eso creía, porque siempre le había importado bastante poco) conduciendo un recién estrenado BMW X6 para cuya financiación serían necesarios varios años dedicando su sueldo íntegramente. La desagradable bofetada de realidad le hizo golpear con furia, casi instintivamente, el botón off de su mando a distancia.

Decidió entonces darse una ducha: fue a su dormitorio, cogió ropa interior limpia y entró en el baño. Al encender la radio escuchó que el presupuesto del Real Madrid C.F., con 510 millones de euros, era el más alto de la Historia. Hecho que, para el periodista, sin la menor duda, demostraba el gran acierto que supone el modelo económico de Florentino.

Como quiera que aún estaba vestido, pudo salir de su cuarto de baño, coger el compact disc de Areta Franklin, abrir el agua caliente y olvidarse de todo durante un rato.

España sigue rezagada en el pelotón de los torpes del I+D+I (investigación, desarrollo e innovación) ocupando el puesto 18 de la UE. En Bruselas se acordó invertir, al menos, el 3 por ciento del PIB en investigación y desarrollo científico, pero el país de la tortilla de patatas y la pandereta; de folclóricas y futbolistas millonarios; el país de los corruptos inocentes y los jueces culpables sólo dedica el 1,39 por ciento, situación que no tiene visos de mejorar con la actual política de recortes.

“Es una lástima que al examinar el presupuesto de España, haya habido reducciones en ese ámbito”, ha declarado la comisaria de Investigación e Innovación, la irlandesa Máire Geoghegan-Quinn, que subraya que los países que más han invertido son los que mejor han hecho frente a la crisis, mientras que los del pelotón de cola son los que peor lo están pasando. En definitiva: un país sin estrategia de innovación no saldrá de la crisis.

Pero Spain is different y en enero fueron despedidos los últimos investigadores afectados por el ERE del Centro de Investigación Príncipe Felipe del pasado noviembre, los que acababan contrato con las uvas. 

Entre las líneas de investigación con las que cuenta (contaba) el CPIF, con sede en Valencia, se encuentran, por ejemplo, la Medicina Regenerativa, que se encarga, entre otros, del estudio de la regeneración y reparación vascular, minucias; o la regeneración neuronal, algo también completamente prescindible.

En Canarias construimos el Gran Telescopio de Canarias, el mayor telescopio óptico del mundo, pero ahora no se dedica dinero a su mantenimiento. La situación está llegando a tales extremos que los propios investigadores son los que señalan las tres salidas profesionales que existen si te dedicas a la ciencia en España: por tierra, mar y aire.

Hace unos días, #cierrecanalplusfrancia fue el trending topic por excelencia en nuestro país. La avalancha de reacciones y críticas por la mofa hacia los deportistas españoles de los muñecos del guiñol francés llegaron a tal extremo que el Gobierno ha enviado una carta al Ministerio de Deportes de Francia para expresar su queja y disgusto por el vídeo de los guiñoles en Canal+ Francia a cuenta de la sanción a Contador… ¿Han quedado suficientemente claras nuestras prioridades?

Y resulta que ocupamos la cúspide de la carrera evolutiva por un rasgo muy concreto: la inteligencia. Sí, aunque nos empeñemos en demostrar lo contrario, somos seres inteligentes. Pero no todos lo tienen tan claro. 

Isaac Asimov, en Asnos Estúpidos (1975) se planteaba si, realmente, éramos una raza inteligente. En este cuento, el gran Naron eliminaba a la raza humana del Registro de las Razas Inteligentes por hacer pruebas nucleares en su propio planeta:

- Pero si poseen la energía termonuclear, ¿dónde realizan las pruebas y las explosiones?

- En su propio planeta, señor.

Naron se irguió en sus seis metros de estatura y tronó:

- ¿En su propio planeta?

- Sí, señor.

Con gesto pausado, Naron sacó la pluma y tachó con una raya la última anotación en el libro pequeño. Era un hecho sin precedentes; pero es que Naron era muy sabio y capaz de ver lo inevitable como nadie en la galaxia.

- ¡Asnos estúpidos!- murmuró.


Se me ocurren muchos más motivos por los que deberíamos ser eliminados del registro de las razas inteligentes que han llegado a la madurez, y recortar en I+D+I provocando un éxodo de investigadores es uno de ellos. 

Pero luego, no se engañen, nos obligan a estudiar a Newton, Mendel y Ramón y Cajal, porque un científico reconocido es un científico muerto. Dejemos la fama en vida para los “Cristianos Ronaldos”, las “Belenes Esteban” y la madre que los parió.

El día de mañana, en la sala de espera de su médico, consuélese hojeando en el ¡Hola! el ostentoso comedor de Norma Duval o el “caprichito” que Kiko Rivera le ha regalado a su “Jessi” en forma de Mini descapotable mientras se pregunta ¿pero no han encontrado ya algún remedio para lo mío? ¡Que inventen ellos! Si Unamuno y Baroja levantaran la cabeza… 


Publicado en Montilla Digital

lunes, 6 de febrero de 2012

Los crónicos de la democracia

Ayer fui al baño a orinar con mucha más frecuencia que de costumbre. Dada mi natural inclinación a padecer todas las enfermedades del Vademecum o, al menos, gran cantidad de ellas, en seguida pensé en un cólico nefrítico alojado furtivamente en mi riñón derecho (o en el izquierdo, depende). O, peor aún, en una diabetes incipiente para la que soy poco propenso genéticamente. Pero ya se sabe, todas las enfermedades de transmisión genética comenzaron por un primer enfermo.


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Ya por la noche, en la cama, caí en la cuenta de que quizás los casi cuatro litros de agua que había bebido ese día hubieran tenido algo que ver en el exceso miccionario, y cambié la obsesión diabético-nefrítica por la Polidipsia, pero el nombre era tan raro y yo un tipo tan normal que me terminé durmiendo buscando posibles diagnósticos alternativos.

Después de varios años ya conviviendo conmigo mismo, me he dado cuenta de que padezco cronicidad espuria: a lo largo del día paso del asma a la cardiopatía con una facilidad pasmosa.

Hace unos días me encontraba leyendo mi periódico de cabecera, Diario Médico (cuál si no), y me topé con las declaraciones de Patricia Flores, viceconsejera de Asistencia Sanitaria de la Comunidad de Madrid. 

Esta señora se preguntaba si tenía sentido que un crónico viviera "gratis" del sistema. Mi cronicidad espuria se sintió ofendida de inmediato porque, por más que había revisado de arriba abajo la Declaración de la Renta, no había encontrado la casilla de exención fiscal para los crónicos de mi calibre, así que, hasta el momento, seguía pagando impuestos.

Conforme fue pasando el día, caí en la cuenta del tipo de crónicos al que se refería la señora Flores. Leo en la prensa que nuestro flamante expresidente de todos los españoles, incluso de los que no le votaron, José Luis Rodríguez Zapatero, se ha garantizado dos sueldos vitalicios que suman 145.000 euros al año, con cargo a las arcas públicas, por supuesto: 71.000 euros al año de pensión como expresidente y una paga como "consejero nato y vitalicio" del Consejo de Estado de 74.264 al año. Obsérvese nato: "con predisposición natural para algo y vitalicio". Es decir, para toda la vida. Vamos, que nació predestinado.

Y eso sin contar la oficina dotada con secretaria y dos funcionarios (uno de ellos, con rango de director general), más coche y escoltas de los que dispondrá José Luis Rodríguez Zapatero. Es de agradecer, por otra parte, que dé trabajo a tanta gente.

Una pequeña úlcera gastroduodenal comenzó a desarrollarse en mi estómago; fue la única explicación plausible para justificar el ardor que sentía al leer estos emolumentos. Pero como los crónicos tenemos algo de masoquistas, seguí leyendo:

El exexpresidente José María Aznar cobra del Estado, también vitaliciamente, unos 70.000 euros anuales, sueldo que complementa presidiendo consejos de administración, escribiendo interesantísimos libros, con su labor como conferenciante y con una secretaria personal, escoltas y asistente personal por cuenta de todos los españoles, no vaya a ser que olvide una reunión o no sepa cómo combinar una corbata de rayas con un traje gris marengo.

Los picores nerviosos a la altura de la nuca sustituyeron la úlcera gastroduodenal. Aunque el cambio de una enfermedad por otra no sea algo que celebrar, siempre es más accesible la cura para una afección tópica que para una digestiva. A fin de cuentas, las gastroscopias me dan fatiga y a la nuca llego con mis uñas.

Por ver la evolución de la espontánea dermatitis decidí leer un poco más: el más ex de todos los expresidentes, Felipe González, compatibiliza los más de 70.000 euros que cobra del Estado con charlas a 30.000 la conferencia, el asesoramiento del magnate mexicano Carlos Slim y el cargo como consejero independiente de Gas Natural.

Cuando abrí el cajón para coger la calculadora, la dermatitis de la nuca se había metastatizado por todo el cuerpo: no había un solo centímetro cuadrado que no me picase. No obstante, tuve fuerzas para hacer la suma: 285.000 euros al año gastados únicamente en estas tres personas.

Releí el titular de la noticia complacido por la valentía de Patricia Flores de denunciar públicamente esta situación al decir que no tenía sentido que los crónicos vivan gratis del sistema, pero entonces me asaltó una duda: ¿no se referiría a los enfermos crónicos, no?

viernes, 20 de enero de 2012

Interinos

Mi psicólogo me ha dicho que lo diga en público, que lo exteriorice y aprenda a asumirlo. Así que allá voy: soy interino y menor de treinta años. Los interinos somos como aquellos mendigos lisiados que poblaban las sucias calles de los burgos de la Edad Media: tenían lo peor de los mendigos y lo peor de los minusválidos. Los interinos somos algo parecido, pero adaptados a las sucias calles de las ciudades del siglo XXI, que hay cosas que no cambian: tenemos lo peor de los funcionarios y lo peor de los trabajadores por cuenta ajena.


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Al igual que los hindúes, los interinos nos agrupamos en castas: no ocupan el mismo escalafón los interinos que rondan la cincuentena que los que apenas llegamos a los treinta; ellos son interinos "cinco estrellas", mientras que los demás apenas llegamos a "Pensión Chari".

Después de varios años de Jornadas de Puertas Abiertas -u oposiciones según la Disposición Transitoria 17ª de la LOE, como prefieran llamarlo-, los interinos que quedamos aún en el sistema hemos adquirido la condición de parias: sobramos porque no hay dinero.

Y de repente, resulta que la labor que desempeñamos cubriendo las plazas que nadie quiere, que están vacantes por baja, o que están vacantes por baja porque nadie las quiere no es necesaria porque, añadiendo dos horitas más a la semana el problema se resuelve, si te he visto no me acuerdo y firme aquí su finiquito; ah, no, perdón, que no tenemos finiquito, lo olvidaba; lo dejamos en "si te he visto no me acuerdo" y, aquí viene lo mejor, "no te quejes, que al menos has trabajado unos meses".

Pero antes te has recorrido Andalucía entera, como es mi caso, porque hasta para eso hay que tener suerte. Y llegabas al instituto y preguntabas: "¿Por qué tema vais?". "No, si no damos clase, nos deja los ordenadores". "Bah, chiquilladas". Y no, resulta que era verdad. 

E intentas dar clase a alumnos que, cuando te das la vuelta, te ven la fecha de caducidad impresa en la espalda cual tapa de yogurt. Y hacías exámenes, y ponías notas y el amable funcionario que se daba de alta días antes de la evaluación, o la semana clave para que no cobraras las vacaciones (que se venden muy caras), como es muy ecologista y reciclar está de moda, con tus informes y notas se hacía un bonito rollo de Scottex.

Pero ni se me ocurre quejarme, que tengo trabajo y el personal está muy susceptible. Los interinos, como el vidrio, podemos tener muchas vidas. Seguiré con mi labor hasta que un señor que gana, entre unas cosas y otras, más de 100.000 euros al año, diga que ya está bien, que salimos muy caros, que no hay dinero y que austeridad, austeridad y austeridad; y yo, mientras tanto, miro hacia abajo y me doy cuenta de que estoy usando el último agujero que le quedaba a mi roído cinturón.


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