• Disculpe si no me levanto, columna semanal.

  • Nanorelatos para el día a día

  • Acerca del autor

  • Tengo que reconocer, aunque me cueste e intente disimularlo parafraseando a autores de renombre, que no entiendo de economía –al igual, me temo, que les ocurre a los expertos que nos guían, cual lazarillos, por la senda de la austeridad suicida-.

  • Elevar la ratio de alumnos por clase, como se pretende, más que una medida de ahorro es un atentado flagrante contra la calidad del sistema educativo público.

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sábado, 28 de abril de 2012

La emboscada

Justo cuando ya se veía la luz al final del túnel, justo cuando 33.154 opositores respiraban aliviados porque se acercaban al punto de no retorno, a ese día que ponía fin a varios meses de incertidumbre y cambios de temario en el cual las oposiciones ya no podrían ser recurridas, el Gobierno les tiende una emboscada y las impugna ante el Tribunal Constitucional. El último día, a última hora. Qué poca clase. 

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Montilla Digital
Esta jugarreta solo se entiende desde el punto de vista de alguien que no ha pasado por ese trámite, porque el ascenso político se mide en función de la cantidad de saliva propia que habita en las nalgas ajenas. Si cualquier cargo público tuviera que pasar, previamente, por el filtro de una prueba selectiva tipo oposición que determinase su idoneidad para el puesto, otro gallo nos cantaría. 

La Administración, probablemente, sería mucho más reducida, y todos aquellos que falsifican su curriculum para engalanarse con carreras que no han cursado y aquellos otros que no tienen más mérito que el haber escogido "A" en lugar de "B" en unas primarias internas del partido, estarían donde les corresponde: buscándose la vida junto al común de los mortales, con el sudor de su frente.

¿Son capaces ustedes de nombrarme a un solo presidente de nuestra democracia que, durante el ejercicio de su cargo, hablara inglés fluido? ¿O, simplemente, estaban "trabajando en ello"? 

Ahí tienen, si no, a Ana Mato, trabándose leyendo, cual escolapio nervioso delante de su clase, en una rueda de prensa en la que anunciaba que poco más que nos va a dejar en calzoncillos, y cumpliendo con la ardua tarea de hacer de Leire Pajín una intelectual a su lado. Es lo que tiene hablar de cosas de las que no se tiene ni idea.

Pero no se engañen, tan culpables son los unos como los otros. Vean si no al consejero andaluz de Educación, ilustre diplomado en Magisterio, compareciendo ante los medios con carita de niño bueno y posicionándose moralmente al lado de los opositores, verdaderos perjudicados en esta guerra de guerrillas entre partidos políticos, cuando sabía, perfectamente, que íbamos a acabar de esta guisa (del mismo modo que el Gobierno conocía desde diciembre que YPF iba a ser nacionalizada).

Pero claro, tengan en cuenta que, para nuestros dirigentes, convertidos en esfinges edípicas, los ciudadanos de a pie pasamos por tres estados: durante la Legislatura somos meras cifras (33.154 opositores, 5.000.000 de parados, 12 mujeres muertas por violencia de género); durante la campaña electoral somos fotografías (hasta se está poniendo de moda sustituir la sonriente imagen del candidato repeinado por instantáneas espontáneas de encuentros y charlas con ciudadanos); y, finalmente, en las elecciones somos votos. Tristes votos de papel que, sobres incluidos, terminan en la basura.

¿Y ahora qué? Ahora nada. Ahora, a lamentarse por el dinero gastado en la academia para preparar las oposiciones. Ahora, a dolerse por la cantidad de horas perdidas sentado delante de los temas. Ahora toca salir a la calle o quedarte en tu casa maldiciendo. Aunque yo, por más que salgo, las calles las veo vacías.

jueves, 8 de marzo de 2012

El fracaso de las oposiciones.

Hasta el día 12 de marzo se mantendrá abierto el plazo para que decenas de miles de opositores se inscriban en el proceso selectivo de este año. Desde su instauración, el sistema de acceso a la función pública docente ha demostrado su inutilidad como sistema de selección de los mejores preparados. 


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Exceptuando los magisterios, el resto de carreras universitarias válidas para el acceso a la plaza de profesor de Secundaria no cuentan, ni siquiera como optativas, con asignaturas de didáctica específica; este desfase en la adquisición de habilidades docentes se intenta paliar con el actual Máster del Profesorado o el antiguo Certificado de Aptitud Pedagógica (CAP). 

Con una matrícula de 2.500 euros, este curso pedagógico exprés es una cara pantomima burocrática destinada a la consecución de un título llave que permite presentarse a las oposiciones.

Recuerdo con cariño mi CAP: una amable inspectora de Educación hablando sobre útiles leyes educativas que pretendía que nos aprendiésemos de memoria; un simpático psicólogo descubriéndonos lo conflictiva que podía llegar a ser la adolescencia de cualquier muchacho (por aquel entonces solo de muchachos, aún le quedaban unos años al muchachos/-as; lo mismo que las APA aún no se habían pasado al mundo del AMPA) y enseñándonos que el vello púbico es rizado porque, a diferencia del de la cabeza, es más plano. Además de una hora de práctica, una, en la que tuve que explicar la diferencia entre el Arte Mayor y el arte menor. Me equivoqué encima. Aprobé el CAP con sobresaliente.

En el examen de oposiciones prima el mismo principio inútil que en todo el sistema educativo español: la memoria. Un tema escogido al azar entre casi ochenta determina en gran parte tu validez para ponerte delante de 30 alumnos. 

Tras superar el tema y, este año, de nuevo, una prueba específica del tipo comentario de texto para Lengua y Literatura, se pasa a otra prueba más absurda si cabe: la defensa, delante de un tribunal, de una programación hecha para un curso completo y una unidad didáctica entre quince que se han debido elaborar, al más puro estilo libro de texto infumable de la ESO.

En plena era de las comunicaciones, en plena Legislatura donde la Junta de Andalucía presume de haber invertido varios millones de euros en el programa Escuela Tic 2.0, dotando a las aulas de pizarras digitales sin manuales de instrucciones y regalando a los alumnos miniportátiles de a kilo en una inversión absurda que no redunda en beneficio alguno para el sistema educativo (porque el alumno, cuando acaba su etapa educativa, abandona el instituto al cumplir los 16, lo rompe o lo vende en el mercadillo, se queda el miniordenador en propiedad, obligando, año tras año, a realizar una nueva inversión para la generación siguiente), en esta era telemática donde es "deber del profesorado" estar al día en los últimos avances en tecnología de la información y comunicación, te dan una tiza y una pizarra para explicar, sin poder usar ningún otro material, la programación y la unidad. Muy coherente.

El tribunal que valora a los aspirantes está compuesto por profesores en activo que estudiaron hace décadas (si tienes la suerte de que lo hubieran estudiado en su carrera) el tema que te corrigieron en la prueba memorística; pero es que, además, van a valorar una programación cuando en los institutos nadie hace ya programaciones: simplemente se copia y se pega de las que facilitan las editoriales. Ni hablemos ya de las unidades didácticas. ¿Por qué? Tres palabras: libro de texto.

Pero si, a pesar de todo, apruebas con plaza, ya puedes respirar tranquilo. Ya estás dentro. El periodo de prácticas es tan burocrático como el CAP. Nadie te va a despedir y, en unos cinco o seis años, a base de ensayo y error, ya sabrás por fin cómo hay que darle clase a treinta alumnos adolescentes; aunque siempre te quedará la vía rápida de hacer que saquen los ordenadores o alargar la lírica medieval de septiembre a marzo tocando la guitarra en clase.

Si usted lleva trabajando varios años sin plaza y osa fallar en la prueba memorística, ha de saber que no estaba preparado para dar clase, con lo que considere la seria posibilidad de que esos años que se ha llevado delante de sus alumnos hayan sido un sueño al más puro estilo Antonio Resines. 

Si usted, por el contrario, es un perturbado con gran capacidad memorística, está de suerte, no existen pruebas psicotécnicas que determinen la aptitud mental de los aspirantes a profesores como sí ocurre, por ejemplo, en las oposiciones al cuerpo de Policía. Sea discreto y las locuras, en el campo.

No obstante, lo mismo que a Humphrey Bogart le quedaba París, siempre le quedará la enseñanza privada, que no hace oposiciones o, por qué no, cargo público. Todo es probar.


Publicado en  Montilla Digital.

viernes, 20 de enero de 2012

Interinos

Mi psicólogo me ha dicho que lo diga en público, que lo exteriorice y aprenda a asumirlo. Así que allá voy: soy interino y menor de treinta años. Los interinos somos como aquellos mendigos lisiados que poblaban las sucias calles de los burgos de la Edad Media: tenían lo peor de los mendigos y lo peor de los minusválidos. Los interinos somos algo parecido, pero adaptados a las sucias calles de las ciudades del siglo XXI, que hay cosas que no cambian: tenemos lo peor de los funcionarios y lo peor de los trabajadores por cuenta ajena.


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Al igual que los hindúes, los interinos nos agrupamos en castas: no ocupan el mismo escalafón los interinos que rondan la cincuentena que los que apenas llegamos a los treinta; ellos son interinos "cinco estrellas", mientras que los demás apenas llegamos a "Pensión Chari".

Después de varios años de Jornadas de Puertas Abiertas -u oposiciones según la Disposición Transitoria 17ª de la LOE, como prefieran llamarlo-, los interinos que quedamos aún en el sistema hemos adquirido la condición de parias: sobramos porque no hay dinero.

Y de repente, resulta que la labor que desempeñamos cubriendo las plazas que nadie quiere, que están vacantes por baja, o que están vacantes por baja porque nadie las quiere no es necesaria porque, añadiendo dos horitas más a la semana el problema se resuelve, si te he visto no me acuerdo y firme aquí su finiquito; ah, no, perdón, que no tenemos finiquito, lo olvidaba; lo dejamos en "si te he visto no me acuerdo" y, aquí viene lo mejor, "no te quejes, que al menos has trabajado unos meses".

Pero antes te has recorrido Andalucía entera, como es mi caso, porque hasta para eso hay que tener suerte. Y llegabas al instituto y preguntabas: "¿Por qué tema vais?". "No, si no damos clase, nos deja los ordenadores". "Bah, chiquilladas". Y no, resulta que era verdad. 

E intentas dar clase a alumnos que, cuando te das la vuelta, te ven la fecha de caducidad impresa en la espalda cual tapa de yogurt. Y hacías exámenes, y ponías notas y el amable funcionario que se daba de alta días antes de la evaluación, o la semana clave para que no cobraras las vacaciones (que se venden muy caras), como es muy ecologista y reciclar está de moda, con tus informes y notas se hacía un bonito rollo de Scottex.

Pero ni se me ocurre quejarme, que tengo trabajo y el personal está muy susceptible. Los interinos, como el vidrio, podemos tener muchas vidas. Seguiré con mi labor hasta que un señor que gana, entre unas cosas y otras, más de 100.000 euros al año, diga que ya está bien, que salimos muy caros, que no hay dinero y que austeridad, austeridad y austeridad; y yo, mientras tanto, miro hacia abajo y me doy cuenta de que estoy usando el último agujero que le quedaba a mi roído cinturón.


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