• Disculpe si no me levanto, columna semanal.

  • Nanorelatos para el día a día

  • Acerca del autor

  • Tengo que reconocer, aunque me cueste e intente disimularlo parafraseando a autores de renombre, que no entiendo de economía –al igual, me temo, que les ocurre a los expertos que nos guían, cual lazarillos, por la senda de la austeridad suicida-.

  • Elevar la ratio de alumnos por clase, como se pretende, más que una medida de ahorro es un atentado flagrante contra la calidad del sistema educativo público.

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lunes, 27 de febrero de 2012

Esposas consentidoras

Los maridos consentidores han sido desde siempre un tópico muy recurrible en la historia de las letras. Cuando Lázaro de Tormes se entera por los amigos de las "habladurías" sobre las movidas noches de su mujer y de los partos anteriores que ha tenido (que confirman la sospecha de que no es, ni mucho menos, una fiel esposa) se produce una magnífica escena, literariamente hablando, en la que confluyen los tres vértices del triángulo: Lázaro, su mujer y el Arcipreste. 


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Lázaro informa de las habladurías, el Arcipreste intenta tranquilizarle hablándole de "su provecho" y la mujer reacciona histéricamente y consigue callar, con sus gritos, todas las voces: la del Arcipreste, la de Lázaro y las voces chismosas de la calle. Todo termina en un pacto de silencio, con juramentos, por supuesto.

"Entonces mi mujer echó juramentos sobre sí, que yo pensé la casa se hundiera con nosotros. Y después tomóse a llorar y a echar maldiciones sobre quien conmigo la había casado. En tal manera que quisiera ser muerto antes que se me hubiera soltado aquella palabra de la boca. Mas yo de un cabo y mi señor de otro, tanto le dijimos y otorgamos, que cesó su llanto, con juramento que le hice de nunca más en mi vida mentalle nada de aquello, y que yo holgaba y había por bien de que ella entrase y saliese, de noche y de día, pues estaba bien seguro de su bondad. Y así quedamos todos tres bien conformes".

En la España de los siglos XVI y XVII eran numerosos los maridos consentidores, a pesar de que suponía un grave delito y eran sometidos a la vergüenza pública: al marido se le montaba en un asno y era paseado por las calles, desnudo y adornada la cabeza con dos cuernos y sonajas.

Detrás iba la mujer, montada en otro asno y obligada a ir azotando a su marido; tras ellos, el verdugo iba azotando a la mujer. Para evitar que al marido se le recriminase de consentido podía solicitar que la autoridad le girara un documento llamado Carta de perdón de cuernos.

Pero, como diría aquel, "los tiempos mudan las cosas y perfeccionan las artes, y añadir a lo inventado no es dificultad notable" y gracias, entre otras, a Mayte Zaldívar, Rosalía Iglesias o la mismísima Infanta Cristina asistimos a la creación de un nuevo concepto: las esposas consentidoras.

Las esposas consentidoras son una suerte de entes vivos, pensantes (a veces), sumamente ingenuos y confiados -sobre todo, ingenuos y confiados- que, a pesar de compartir vida, cama y Visa con maridos corruptos, son totalmente desconocedoras de las actividades delictivas de sus respectivos, y no dudan en rasgarse las vestiduras de Segismundas ante el juez o el periodista de turno y recitar a coro: "¡Válgame el cielo, qué veo! ¡Válgame el cielo, qué miro! ¡Con poco espanto lo admiro! ¡Con mucha duda lo creo!".

El manual de las esposas consentidoras, en su capítulo uno, establece que, ante el juez o la opinión pública, hay que ofrecer la imagen del "a mí que me registren".

Rosalía Iglesias, esposa del extesorero del PP, Luis Bárcenas, se aprendió bien la lección y, durante su declaración, aseguró que toda la "gestión económica" de sus bienes la llevaba su marido. Según aseguraron fuentes jurídicas, Iglesias -imputada por delito fiscal y blanqueo de capitales- mantuvo ante el magistrado Antonio Pedreira que no sabía "nada" de las operaciones financieras con las que el matrimonio ha incrementado su patrimonio en los últimos años.

Mención aparte merece la actuación, ya casi olvidada, de Mayte Zaldívar, por la cual la Fundación Valle Inclán estuvo a punto de elaborar una separata e incluirla como personaje en Luces de Bohemia. 

Esta pseudotertuliana venida a menos que no asimiló las enseñanzas del capítulo uno delManual de las esposas consentidoras, llegó a afirmar que su exmarido, el también olvidado Julián Muñoz, entraba en el hogar conyugal con bolsas de basura supuestamente llenas de billetes procedentes del cobro de comisiones ilegales. Alegría.

Muy avanzado debería tener el señor Muñoz el Síndrome de Diógenes para que su esposa no se alarmara por la inversión del camino normal que siguen las bolsas de basura en la mayoría de los hogares españoles: desde dentro hacia fuera. 

El susto de verdad le llegó cuando fue acusada dentro del sumario del Caso Malaya por blanqueo de dinero. Unos días en el calabozo, 90.000 euros de fianza y Mayte en la calle… o en los platós para contar su agonía carcelaria. Lo importante es rentabilizar.

Pero the show must go on y ahora se nos une a la pléyade consentidoresca la estrella más brillante del Paseo de la Fama de las esposas consentidoras: Cristina Federica Victoria Antonia de la Santísima Trinidad de Borbón y Grecia, alias "la Infanta Cristina". 

Y es que, o "la avaricia rompe el saco" o no le daba al matrimonio con la parte de la asignación que pagamos entre todos y los trabajos que, conseguidos con esfuerzo propio, dedicación y valía (nada de enchufes) desempeñan. Hay que entenderla: cuatro hijos son muchas bocas que alimentar.

O debieron pensar que sus maridos tenían una máquina de fabricar dinero o tienen el pulgar arrugado de tanto chupárselo, el caso es que ni la señora de Bárcenas ni la de Urdangarin se han divorciado de unos maridos que, supuestamente, les han estado ocultando algo tan gordo durante tanto tiempo. La confianza es ciega. 



Publicado en Montilla Digital

miércoles, 15 de febrero de 2012

Vertidos incontrolados

El 24 de marzo de 1989, el buque norteamericano Exxon Valdez chocó contra un arrecife, en el estuario de Prince William Sound (Alaska), y vertió al agua 42.000 toneladas de petróleo, causando una marea negra de 6.000 kilómetros cuadrados y el mayor desastre ecológico en la historia de EEUU.


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En la madrugada del 25 de abril de 1998, la rotura de la balsa de Boliden, en Aznalcóllar, produjo el vertido de toneladas de materiales altamente contaminantes al río Guadiamar, convirtiéndose en el peor desastre ecológico producido en Andalucía. 

Hace diez años, el Prestige vertió al mar unas 63.000 toneladas de petróleo en las costas de Galicia, entrando con deshonor en el top veinte de los peores desastres ecológicos de la historia.

Más recientemente, el 20 de abril de 2010, hizo explosión la plataforma petroleraDeepwater Horizon de British Petroleum (BP), causando la muerte de once personas y vertiendo en el lecho marino del Golfo de México 780 millones de litros de crudo al mar.

Y hace sólo unos días, el Ayuntamiento de Lodosa, en Navarra, ha encontrado y limpiado unas 40 toneladas de basura de diferentes zonas de la localidad. Unos vertidos localizados en lugares a los que resulta, en ocasiones, muy difícil de acceder y que han convertido el monte en un vertedero.

En este clima de vertidos incontrolados, Mario Pascual Vives, el letrado de Iñaki Urdangarin, a su salida de los Juzgados, ha afirmado que está "convencido" de que su defendido sí declarará ante el juez del caso Palma Arena el próximo sábado 25 y que entonces “podrá verter su versión de los hechos”. ¿No les huele a podredumbre?


Publicado en Montilla Digital, 14/02/2012

lunes, 30 de enero de 2012

La Obra

En los soportales del edificio donde vivo había un local que llevaba mucho tiempo sin ser alquilado por nadie. Su último inquilino fue una heladería de escaso éxito, incluso en época estival, a pesar del calor local y lo sugerente de sus recetas. Unos meses atrás, una clínica privada lo adquirió para abrir una sucursal; mi yo hipocondriaco se alegró muchísimo: tenía el médico a tiro de piedra.



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Poco tiempo después, al modo en el que cuelgan en la comisaría los carteles de los delincuentes más buscados, apareció en los ascensores un escrito que nos invitaba, amablemente, a exiliar los vehículos que se encontrasen en determinadas plazas de garaje durante dos semanas, prorrogables sine die -que las obras se sabe cuándo empiezan pero no cuándo acaban- ya que, por encima de nuestras cabezas, iban a desviarse las cañerías de los aseos de la clínica en cuestión.

Aquello molestó sobremanera a los vecinos, que acudieron indignados al presidente a preguntar por qué debían ser ellos los canalizadores de las excrecencias ajenas; además, excrecencias de enfermos, que son como doblemente excrecencias: el colmo de lo escatológico. 

El democrático gestor les informó de que la clínica había decidido desviar las cañerías para que no pasasen por su suelo, sino por los techos de sus coches, con el peligro que ello conllevaba de que una inoportuna filtración te dejara el parabrisas lleno de orina diabética, migrañosa, griposa o vete tú a saber, por citar un caso leve. Ya se sabe: la mierda que la aguante otro.

Tras varios meses sin retirar los coches de las plazas, las vírgenes cañerías comenzaban a coger polvo en las cajas, al tiempo que el director de la clínica se impacientaba por la tardanza en la ejecución del trasvase de aguas fecales. 

La denuncia no se hizo esperar y, de nuevo informando vía ascensor, que lo coge todo el mundo -incluso el del primero, que para eso paga comunidad- se nos informó de que si en el plazo de tres días las obras no habían comenzado, la comunidad acarrearía con los gastos económicos del retraso de la apertura, ya que el presidente, en nombre de la comunidad, había firmado el consentimiento de dicha obra.

No recuerdo qué crispó más a los vecinos, si el hecho de que el presidente firmara sin consultar una obra que a él no perjudicaba o enterarse de que el director de la clínica era íntimo amigo suyo. El mundo es un pañuelo.

Estamos acostumbrados a canalizar las excrecencias ajenas. Las tuberías de desagüe de la democracia que hemos construido apuntan directamente hacia nosotros; pero como somos muchos, limpiamos que da gusto sólo con una condición: no nos echen mucha mierda encima que nos saturamos. Háganlo poco a poco, para que nos dé tiempo a digerirla.

Y así, pagamos con nuestros impuestos una estatua de 300.000 euros para un aeropuerto que está muy desangelado sin aviones. Hagan cuentas: en la Comunidad Valenciana viven 5.011.548 personas, apenas cinco míseros céntimos por cabeza. Si es padre de dos hijos, ya sabe que paga por tres: no se escabulla, que Hacienda somos todos.

¿Que en 2008 el olímpico Urdangarin figuraba como titular en una cuenta del Instituto Nóos que sumó abonos por 3.832.820 euros? No se preocupen, saquemos la calculadora: ocho céntimos por persona; nosotros lo limpiamos.

Y así, limpiamos los activos tóxicos de los bancos sin plus de peligrosidad, oiga, que son tóxicos; y fregona en mano, dejamos como una patena el suelo patrio para que aquí no se note nada, que las burbujas lo mojan todo al explotar.

Pero esto ya lo inventó Lola Flores: "Si una peseta me diera cada español, pero no a mí, a donde tienen que darla, quizás saldría de la deuda, y después, yo no sé, me iría al estadio con todos los que han dado esa peseta o esas cien pesetas, para tomarme una copa con ellos y llorar de alegría". La visionaria faraona se equivocó en una cosa: les damos la peseta pero, después, no nos vamos de copas con ellos. Simplemente, les votamos. 
PABLO POÓ
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