• Disculpe si no me levanto, columna semanal.

  • Nanorelatos para el día a día

  • Acerca del autor

  • Tengo que reconocer, aunque me cueste e intente disimularlo parafraseando a autores de renombre, que no entiendo de economía –al igual, me temo, que les ocurre a los expertos que nos guían, cual lazarillos, por la senda de la austeridad suicida-.

  • Elevar la ratio de alumnos por clase, como se pretende, más que una medida de ahorro es un atentado flagrante contra la calidad del sistema educativo público.

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sábado, 28 de abril de 2012

La emboscada

Justo cuando ya se veía la luz al final del túnel, justo cuando 33.154 opositores respiraban aliviados porque se acercaban al punto de no retorno, a ese día que ponía fin a varios meses de incertidumbre y cambios de temario en el cual las oposiciones ya no podrían ser recurridas, el Gobierno les tiende una emboscada y las impugna ante el Tribunal Constitucional. El último día, a última hora. Qué poca clase. 

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Esta jugarreta solo se entiende desde el punto de vista de alguien que no ha pasado por ese trámite, porque el ascenso político se mide en función de la cantidad de saliva propia que habita en las nalgas ajenas. Si cualquier cargo público tuviera que pasar, previamente, por el filtro de una prueba selectiva tipo oposición que determinase su idoneidad para el puesto, otro gallo nos cantaría. 

La Administración, probablemente, sería mucho más reducida, y todos aquellos que falsifican su curriculum para engalanarse con carreras que no han cursado y aquellos otros que no tienen más mérito que el haber escogido "A" en lugar de "B" en unas primarias internas del partido, estarían donde les corresponde: buscándose la vida junto al común de los mortales, con el sudor de su frente.

¿Son capaces ustedes de nombrarme a un solo presidente de nuestra democracia que, durante el ejercicio de su cargo, hablara inglés fluido? ¿O, simplemente, estaban "trabajando en ello"? 

Ahí tienen, si no, a Ana Mato, trabándose leyendo, cual escolapio nervioso delante de su clase, en una rueda de prensa en la que anunciaba que poco más que nos va a dejar en calzoncillos, y cumpliendo con la ardua tarea de hacer de Leire Pajín una intelectual a su lado. Es lo que tiene hablar de cosas de las que no se tiene ni idea.

Pero no se engañen, tan culpables son los unos como los otros. Vean si no al consejero andaluz de Educación, ilustre diplomado en Magisterio, compareciendo ante los medios con carita de niño bueno y posicionándose moralmente al lado de los opositores, verdaderos perjudicados en esta guerra de guerrillas entre partidos políticos, cuando sabía, perfectamente, que íbamos a acabar de esta guisa (del mismo modo que el Gobierno conocía desde diciembre que YPF iba a ser nacionalizada).

Pero claro, tengan en cuenta que, para nuestros dirigentes, convertidos en esfinges edípicas, los ciudadanos de a pie pasamos por tres estados: durante la Legislatura somos meras cifras (33.154 opositores, 5.000.000 de parados, 12 mujeres muertas por violencia de género); durante la campaña electoral somos fotografías (hasta se está poniendo de moda sustituir la sonriente imagen del candidato repeinado por instantáneas espontáneas de encuentros y charlas con ciudadanos); y, finalmente, en las elecciones somos votos. Tristes votos de papel que, sobres incluidos, terminan en la basura.

¿Y ahora qué? Ahora nada. Ahora, a lamentarse por el dinero gastado en la academia para preparar las oposiciones. Ahora, a dolerse por la cantidad de horas perdidas sentado delante de los temas. Ahora toca salir a la calle o quedarte en tu casa maldiciendo. Aunque yo, por más que salgo, las calles las veo vacías.

jueves, 19 de abril de 2012

Cuarenta alumnos

José Luis Barrera forma parte del grupo de Diversificación Curricular. Sabe que no puede repetir y no hace, salvo molestar, absolutamente nada. No estudia, no trae las tareas y se permite el lujo de pasarse las horas hablando. Acumula muchos partes de incidencias y ha sido expulsado varias veces del instituto.

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Sarai Alvarado suple su falta de aptitudes para el estudio con una muy buena predisposición al trabajo diario, hecho que valoran sus profesores por encima de las notas de sus exámenes porque, de no ser así, no aprobaría prácticamente ninguna asignatura.

Miriam García practica regularmente voleibol en un equipo con niñas de su edad. Los entrenamientos le quitan mucho tiempo de estudio y sus notas se están resintiendo; aunque aprueba, lo hace con notas muy bajas, y no es raro que vaya a clase con la tarea sin hacer.

María Aguirre es una alumna excelente. Nunca ha obtenido una nota inferior a Notable y se espera de ella un brillante futuro académico.

Luis Alba tiene 15 años. Sus padres se separaron hace poco y alterna dos semanas con su madre y otras tantas con su padre. Cuando está con su padre se descuida mucho, ya que este no se preocupa lo más mínimo por sus resultados académicos, y su rendimiento ha bajado notablemente este año.

José Antonio Martínez tiene un problema fundamental: no quiere entender las cosas, no presta atención a nada y lo hace todo mal. Su madre dice que es para llamar la atención porque, al parecer, tiene una hermana excelente y se siente desplazado en casa. Sea como fuere, su actitud en clase y su rendimiento son inaceptables.

Elvira Rodríguez es también una alumna brillante. Sus padres son médicos y acuden frecuentemente al instituto para interesarse por la progresión de su hija. Quiere estudiar Medicina y, si el sistema educativo no lo impide, tiene capacidad de sobra para lograrlo.

María José López invierte muchas horas en el estudio, aunque los resultados académicos no son los que ella desearía. Obtiene bastante ayuda de su hermana mayor, ya en la carrera universitaria

Alfredo Suárez también acude diariamente a entrenar: practica atletismo. Desde el instituto se le ha insistido a los padres, que únicamente acuden al centro para recoger unas notas en las que figuran varios suspensos, de la necesidad de compaginar los estudios y los entrenamientos, porque Alfredo ni trae hechos los deberes ni aprueba los exámenes. Pero los padres hacen caso omiso.

Jesús Alguacil ha mejorado significativamente desde principios de curso. Su nivel no es acorde con los estudios que está cursando pero, a fuerza de empeño y voluntad, está consiguiendo avanzar, a su ritmo.

Jalil Abdel llegó a España procedente de Marruecos hace tres años. Sus padres son temporeros y, durante el curso, vive con unos familiares asentados de manera estable en una misma residencia durante todo el año. Tiene muchos problemas en clase derivados de su falta de estudio y el cambio de idioma. Tiene una letra horrible, en parte por estar acostumbrado a escribir árabe, y su ortografía es un completo caos.

José Ramón Martínez es un alumno de apoyo. Tiene un horario alternativo en el que acude con una profesora específica para trabajar de manera individual. Su nivel es de tercero de Primaria y, cuando está con el resto de la clase, trabaja con su libro específico.

Sebastián Vargas es gitano y forma un grupo bastante sólido con alumnos de su misma etnia. Son prácticamente absentistas. No sabe leer y apenas logra escribir su nombre. Acude, los días que va, sin mochila a clase y, como es obvio, se entretiene durante las horas molestando.

A Joaquín Benjumea no le gusta trabajar. Nunca trae las tareas hechas a clase y, a pesar de sus malos resultados académicos, los padres solo aparecen por el instituto para recoger las notas. Es repetidor y sabe que, independientemente del número de asignaturas que suspenda, pasará de curso en virtud de la actual ley educativa. Otra cosa no, pero molestar en clase se le da genial.

La madre de Oscar Barrera se quedó embarazada con 16 años. Ha sido criado por su abuela en el más absoluto consentimiento; se levanta cuando quiere, habla en voz alta, lanza objetos a los compañeros. Ni que decir tiene que ha sido expulsado varias veces del centro, todas ellas, por supuesto, excusadas por su abuela, para quien su nieto está libre de toda mácula. Pasará de curso por imperativo legal.

José Manuel Barrera nunca acude a clase sin traer la tarea del día hecha y la lección aprendida. Es muy cómodo trabajar con él, le gusta aprender y demuestra un ansia constante de conocimiento.

Shanim Niewa es también hijo de temporeros. Ha llegado con el curso empezado y no se sabe si, cuando acabe la campaña agrícola, continuará en el instituto. No habla español, aunque parece que lo entiende. Acude a clase sin bolígrafo, hay que prestárselo y, de mala gana, completa unas fichas adaptadas para hablantes de árabe.

Teresa Montero falta mucho a clase y no puede seguir el ritmo del curso. Está en el programa de Diversificación y, como sabe que no puede repetir, se escuda detrás de su absentismo para no entregar las tareas ni estudiar para los exámenes.

Antonio Calderón es el inseparable de Sebastián Vargas. Comparten características y mal comportamiento. El día que acuden los dos al centro, se nota.

A Adrián Márquez le encanta leer: es un auténtico devorador de libros para su edad. Tiene una imaginación desbordante y un correctísimo estilo de escritura, sorprendente para la edad que tiene.

Juan Carlos del Río también acude a las clases de apoyo. Con un nivel de cuarto de Primaria, fuera del horario de apoyo trabaja su libro específico en las clases que comparte con el resto de los compañeros. Últimamente está entablando amistad con los alumnos más conflictivos del centro y su comportamiento en clase está empeorando a pasos agigantados.

Álvaro Pineda es muy introvertido. Le entusiasma el mundo de la informática, hasta el punto que dedica las tardes únicamente a jugar con el ordenador. Sus padres lo saben, así como que no trae los deberes hechos ni estudia para los exámenes, pero como va a pasar de curso por imperativo legal, se lo permiten sin mayores problemas.

Victoria Palomares trabaja constantemente en clase, aunque las notas de sus exámenes son muy irregulares. Sus padres se preocupan mucho por ella y acuden mucho al instituto a interesarse por su evolución. El trabajo diario es el que la salva.

Gina Pastor es prácticamente absentista. Sus padres están separados y, al parecer, reside alternativamente en casa de uno y de otro. Los Servicios Sociales han tomado cartas en el asunto por sus faltas injustificadas al centro, pero su ámbito de actuación es muy limitado. Sin unos mínimos conocimientos que avalen a esta repetidora e integrante del programa de Diversificación, pasará de curso el año que viene, como tantos otros, por imperativo legal y sin la más mínima base de conocimientos.

Daniel Pardo es otro alumno problemático. Su última expulsión del centro fue por fumar marihuana en los baños del instituto. Su comportamiento en clase es deplorable. Promocionará automáticamente de curso.

María del Carmen Cortés también es de etnia gitana. Es una alumna excelente, dentro de su nivel académico, que es bastante bajo debido a su tardía escolarización. Está aprendiendo a leer y ya sabe escribir y hacer una lista de la compra.

Marina Lamar, en cualquier otra clase, sería la mejor, pero la presencia de María Aguirre y Elvira Rodríguez la eclipsa y pasa a situarse en un segundo plano, a pesar de ser una alumna magnífica.

Carlos Antón tiene diagnosticados problemas de déficit de atención. Le cuesta mucho concentrarse y su nivel académico está varios cursos por debajo de este tercero de ESO al que pertenece. El profesorado le ha adaptado el nivel para que pueda trabajar algo en el aula y se dedica a elaborar fichas de Educación Primaria y primer ciclo de la ESO.

Fernando Fuentes tiene un bajo coeficiente intelectual. Intenta integrarse en el grupo a través del chiste soez, de la impertinencia en clase y, por consiguiente, se pasa más tiempo expulsado que dentro del aula.

María del Mar Espino muestra una gran voluntad de aprendizaje, pero su capacidad es limitada. Le cuesta todo mucho más que al resto y, a veces, se nota que se avergüenza por preguntar varias veces lo mismo y, en consecuencia, deja muchas cosas a medio entender.

Eduardo Ramírez no quiere estudiar. Ha repetido dos veces y no encuentra la manera de convencer a sus padres para que lo saquen del instituto y lo pongan a trabajar en el bar familiar que poseen. Naturalmente, no hace nada en clase, salvo molestar, en un intento, quizás, de que, mediante la acumulación de expulsiones, los padres cedan a la evidencia y no termine el curso.

Javier Rodríguez tiene diagnosticados problemas de atención y su nivel académico se sitúa un par de años por debajo del curso actual. Los profesores valoran su esfuerzo y tiene el contenido adaptado, pero no entiende los conceptos que se explican y trabaja con excesiva lentitud.

Patricia Hidalgo es muy despistada. Por más que se le recomienda que se compre un cuaderno, sólo usa en clase hojas de cuadros taladradas que pierde constantemente, con las dificultades para su aprendizaje que ello conlleva.

Daniel Jaramillo también tiene diagnosticados problemas de atención pero, a diferencia de Javier Rodríguez, ni trabaja ni lo intenta. Como no sigue el nivel de la clase, se aburre y se pone a hablar, a pintar en la mesa o a molestar.

La madre de Marta García se suicidó hace unos años. Este hecho marcó traumáticamente a la joven y prácticamente no habla desde entonces. No se le puede preguntar en clase: no responde. No interactúa con el mundo.

Los padres de Rosario Martínez están desesperados con su hija: se escapa de casa, llega borracha a casa a altas horas de la noche y ha tenido algún que otro altercado violento. En clase únicamente se limita a demostrar su enfado con el mundo y a reproducir el comportamiento que tiene en casa. Un regalo.

Cristian Ramos dedica la mayor parte del tiempo a dormir en clase, sobre todo las dos primeras horas. El resto de la jornada lectiva es difícil diferenciarlo de una mesa.

Javier García tiene muchos problemas de aprendizaje: no presta la suficiente atención, está siempre distraído y habla muchísimo en clase. Sus padres le han puesto un profesor particular con el que, poco a poco, va avanzando, aunque aún está lejos del nivel que le correspondería por la edad.

Adrián Jiménez ha tenido muchos problemas médicos desde su infancia, pero gracias a la voluntad de sus padres ha conseguido mantener el nivel académico a pesar de no haber asistido a clase con la regularidad deseada.

Francisco José Flores es un delincuente juvenil. Pertenece también al grupo de Diversificación y ha sido expulsado del instituto en varias ocasiones por agredir a otros alumnos y robar. Es muy agresivo con sus compañeros y con los docentes. Pasará de curso sin remedio a no ser que cambien la legislación educativa vigente.

* * * * *

¿Qué? ¿Son muchos, verdad? Esto es una clase con cuarenta alumnos, es decir, el futuro que nos espera. Y está basado en hechos reales aunque, eso sí, los nombres y las situaciones no aluden a nadie en particular. Elevar la ratio de alumnos por clase, como se pretende, más que una medida de ahorro es un atentado flagrante contra la calidad del sistema educativo público. ¿Se entiende mejor así?

lunes, 2 de abril de 2012

¿Por qué, Andalucía?

25 de marzo del año 2012 después de Jesucristo. Toda España está ocupada por los Populares... ¿Toda? ¡No! Una Comunidad poblada por irreductibles andaluces que no vota "como Dios manda" resiste todavía el avance ornitológico. 

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Foto: Montilla Digital


El Sacro Imperio Popular se ha vuelto a estampar, una vez más, contra su Numancia particular. Cuesta comprender cómo una tropa compuesta en su práctica totalidad por vagos sesteantes, subsidiados, picaruelos de poca monta y paletos cocainómanos, se resista durante tanto tiempo al reformismo ilustrado de las más preclaras mentes de esta nuestra patria en la que, antaño, no se ponía el sol.

Y es que ha sido tal el rebote que se han cogido en las filas de la fiel infantería de la derecha mediática de este país (sociólogos, periodistas, piratas, analistas y demás jinetes del apocalipsis que deambulan por los espacios del "TDT Party") que, sin mostrar el más mínimo respeto por la decisión surgida de las urnas, durante una semana no se han dedicado a otra cosa que no haya sido insultar, menospreciar y denigrar tanto a Andalucía como a los andaluces.

El disparate llegaba a su punto álgido cuando Xavier Horcajo, periodista "Por la gracia de Dios" y autor de obras como JR. El tiburón, amenazaba con no volver a pisar Andalucía en los próximos cuatro años.

Esperemos que este desaire no se convierta en arrebato de despechado resentimiento con el votante andaluz y decida que no somos los suficientemente dignos para él y su canal y dejen de emitir en nuestra comunidad. 

Xavier, no somos dignos de que emitas en nuestra tierra, pero una palabra tuya bastará para sanarnos. O, por el contrario, no, porque el andaluz, ya se sabe: miente hasta en las encuestas.

Pero si para Gabinete Caligari "la culpa fue del cha cha cha", para Francisco Rosell, sin embargo, la culpa de que Javier Arenas no fuera transportado en áulico carro tirado por blancos corceles hasta el sillón de San Telmo ha sido del millón y medio de cenutrios que le han dado su papelina (o su papeleta, que ya llega un punto en el que de tanto insistirnos cual gota malaya uno confunde conceptos) a los capos del puño y la rosa y de los casi 500.000 entre rojillos, perroflautas, yayoflautas o comunistas de tres al cuarto que han votado a IU. 

La ecuación, para el periodista de El Mundo, es bien sencilla: dividan esos números entre cuatro y les dará como resultado el total de familias subsidiadas cuyos votos representan el justo pago por los servicios recibidos.

Entiéndalo, señor Rosell, treinta años de adoctrinamiento son muchos, ríase usted de las catequesis, y nos cuesta. Poco a poco. Mientras tanto, y a pesar de todo, se abren camino cuatro largos años en los que esperemos que ¡por Tutatis! el cielo no caiga sobre nuestras cabezas.


Montilla Digital

jueves, 8 de marzo de 2012

El fracaso de las oposiciones.

Hasta el día 12 de marzo se mantendrá abierto el plazo para que decenas de miles de opositores se inscriban en el proceso selectivo de este año. Desde su instauración, el sistema de acceso a la función pública docente ha demostrado su inutilidad como sistema de selección de los mejores preparados. 


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Exceptuando los magisterios, el resto de carreras universitarias válidas para el acceso a la plaza de profesor de Secundaria no cuentan, ni siquiera como optativas, con asignaturas de didáctica específica; este desfase en la adquisición de habilidades docentes se intenta paliar con el actual Máster del Profesorado o el antiguo Certificado de Aptitud Pedagógica (CAP). 

Con una matrícula de 2.500 euros, este curso pedagógico exprés es una cara pantomima burocrática destinada a la consecución de un título llave que permite presentarse a las oposiciones.

Recuerdo con cariño mi CAP: una amable inspectora de Educación hablando sobre útiles leyes educativas que pretendía que nos aprendiésemos de memoria; un simpático psicólogo descubriéndonos lo conflictiva que podía llegar a ser la adolescencia de cualquier muchacho (por aquel entonces solo de muchachos, aún le quedaban unos años al muchachos/-as; lo mismo que las APA aún no se habían pasado al mundo del AMPA) y enseñándonos que el vello púbico es rizado porque, a diferencia del de la cabeza, es más plano. Además de una hora de práctica, una, en la que tuve que explicar la diferencia entre el Arte Mayor y el arte menor. Me equivoqué encima. Aprobé el CAP con sobresaliente.

En el examen de oposiciones prima el mismo principio inútil que en todo el sistema educativo español: la memoria. Un tema escogido al azar entre casi ochenta determina en gran parte tu validez para ponerte delante de 30 alumnos. 

Tras superar el tema y, este año, de nuevo, una prueba específica del tipo comentario de texto para Lengua y Literatura, se pasa a otra prueba más absurda si cabe: la defensa, delante de un tribunal, de una programación hecha para un curso completo y una unidad didáctica entre quince que se han debido elaborar, al más puro estilo libro de texto infumable de la ESO.

En plena era de las comunicaciones, en plena Legislatura donde la Junta de Andalucía presume de haber invertido varios millones de euros en el programa Escuela Tic 2.0, dotando a las aulas de pizarras digitales sin manuales de instrucciones y regalando a los alumnos miniportátiles de a kilo en una inversión absurda que no redunda en beneficio alguno para el sistema educativo (porque el alumno, cuando acaba su etapa educativa, abandona el instituto al cumplir los 16, lo rompe o lo vende en el mercadillo, se queda el miniordenador en propiedad, obligando, año tras año, a realizar una nueva inversión para la generación siguiente), en esta era telemática donde es "deber del profesorado" estar al día en los últimos avances en tecnología de la información y comunicación, te dan una tiza y una pizarra para explicar, sin poder usar ningún otro material, la programación y la unidad. Muy coherente.

El tribunal que valora a los aspirantes está compuesto por profesores en activo que estudiaron hace décadas (si tienes la suerte de que lo hubieran estudiado en su carrera) el tema que te corrigieron en la prueba memorística; pero es que, además, van a valorar una programación cuando en los institutos nadie hace ya programaciones: simplemente se copia y se pega de las que facilitan las editoriales. Ni hablemos ya de las unidades didácticas. ¿Por qué? Tres palabras: libro de texto.

Pero si, a pesar de todo, apruebas con plaza, ya puedes respirar tranquilo. Ya estás dentro. El periodo de prácticas es tan burocrático como el CAP. Nadie te va a despedir y, en unos cinco o seis años, a base de ensayo y error, ya sabrás por fin cómo hay que darle clase a treinta alumnos adolescentes; aunque siempre te quedará la vía rápida de hacer que saquen los ordenadores o alargar la lírica medieval de septiembre a marzo tocando la guitarra en clase.

Si usted lleva trabajando varios años sin plaza y osa fallar en la prueba memorística, ha de saber que no estaba preparado para dar clase, con lo que considere la seria posibilidad de que esos años que se ha llevado delante de sus alumnos hayan sido un sueño al más puro estilo Antonio Resines. 

Si usted, por el contrario, es un perturbado con gran capacidad memorística, está de suerte, no existen pruebas psicotécnicas que determinen la aptitud mental de los aspirantes a profesores como sí ocurre, por ejemplo, en las oposiciones al cuerpo de Policía. Sea discreto y las locuras, en el campo.

No obstante, lo mismo que a Humphrey Bogart le quedaba París, siempre le quedará la enseñanza privada, que no hace oposiciones o, por qué no, cargo público. Todo es probar.


Publicado en  Montilla Digital.

viernes, 20 de enero de 2012

Interinos

Mi psicólogo me ha dicho que lo diga en público, que lo exteriorice y aprenda a asumirlo. Así que allá voy: soy interino y menor de treinta años. Los interinos somos como aquellos mendigos lisiados que poblaban las sucias calles de los burgos de la Edad Media: tenían lo peor de los mendigos y lo peor de los minusválidos. Los interinos somos algo parecido, pero adaptados a las sucias calles de las ciudades del siglo XXI, que hay cosas que no cambian: tenemos lo peor de los funcionarios y lo peor de los trabajadores por cuenta ajena.


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Al igual que los hindúes, los interinos nos agrupamos en castas: no ocupan el mismo escalafón los interinos que rondan la cincuentena que los que apenas llegamos a los treinta; ellos son interinos "cinco estrellas", mientras que los demás apenas llegamos a "Pensión Chari".

Después de varios años de Jornadas de Puertas Abiertas -u oposiciones según la Disposición Transitoria 17ª de la LOE, como prefieran llamarlo-, los interinos que quedamos aún en el sistema hemos adquirido la condición de parias: sobramos porque no hay dinero.

Y de repente, resulta que la labor que desempeñamos cubriendo las plazas que nadie quiere, que están vacantes por baja, o que están vacantes por baja porque nadie las quiere no es necesaria porque, añadiendo dos horitas más a la semana el problema se resuelve, si te he visto no me acuerdo y firme aquí su finiquito; ah, no, perdón, que no tenemos finiquito, lo olvidaba; lo dejamos en "si te he visto no me acuerdo" y, aquí viene lo mejor, "no te quejes, que al menos has trabajado unos meses".

Pero antes te has recorrido Andalucía entera, como es mi caso, porque hasta para eso hay que tener suerte. Y llegabas al instituto y preguntabas: "¿Por qué tema vais?". "No, si no damos clase, nos deja los ordenadores". "Bah, chiquilladas". Y no, resulta que era verdad. 

E intentas dar clase a alumnos que, cuando te das la vuelta, te ven la fecha de caducidad impresa en la espalda cual tapa de yogurt. Y hacías exámenes, y ponías notas y el amable funcionario que se daba de alta días antes de la evaluación, o la semana clave para que no cobraras las vacaciones (que se venden muy caras), como es muy ecologista y reciclar está de moda, con tus informes y notas se hacía un bonito rollo de Scottex.

Pero ni se me ocurre quejarme, que tengo trabajo y el personal está muy susceptible. Los interinos, como el vidrio, podemos tener muchas vidas. Seguiré con mi labor hasta que un señor que gana, entre unas cosas y otras, más de 100.000 euros al año, diga que ya está bien, que salimos muy caros, que no hay dinero y que austeridad, austeridad y austeridad; y yo, mientras tanto, miro hacia abajo y me doy cuenta de que estoy usando el último agujero que le quedaba a mi roído cinturón.


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